LUCHA LIBRE PROFESIONAL
Bueno amigos espero que este Blog sea para hablar y comentar sobre la lucha libre profesional de Colombia y de las empresas que existen en el mundo y porque no de sus nuevos valores de las escuelas que existan en nuestro País de las leyendas que hicieron historia aquí y representando a Colombia en los cinco continentes por nombrar algunas estrellas como Tigre Colombiano, Henry London, Memo Díaz, As Negro, Rudo Martin, Rayo de Plata, El Búfalo, King Kong, King Brayner, El Siniestro, Rayo de Oro,
Categoría: Deportes

Posteado por LUCHALIBREX en 09/06/2008 22:31
SUPLANTACIÓN PARTE # 3
La lucha libre en carne propia
Por eso eventos como el impulsado por David Murcia, presidente de la Liga de Lucha Olímpica del Valle, son escasos en el país. Su organización costó 120 millones de pesos que sirvieron para cubrir dos días de alquiler del coliseo, pagar toda lo logística del evento, mostrar un show de gran calidad y asumir los viáticos de los protagonistas. Los luchadores europeos normalmente cobran entre cinco y seis mil euros por pelea (dos participaron en Cali y sus mánagers se quedan con el veinte por ciento), cifra inalcanzable en el medio local desde que en 1991 la última gran empresa dedicada a este deporte en el país, Palacio Deportivo, desapareció. Por eso ellos, con la idea de impulsar la lucha en Colombia, "apenas" cobraron mil dólares por dos peleas.
Perdido en el umbral del dolor
Cuando una persona es golpeada continuamente su cerebro no alcanza a registrar la información recibida. En un momento en el que el miedo llegue a niveles extraordinarios su descarga es tan alta que la emoción automáticamente distrae el dolor. La adrenalina empieza a inundar el sistema circulatorio y nervioso, haciendo que la frecuencia cardiaca y la presión arterial suban. La transpiración se incrementa, el color de piel cambia y hasta las pupilas se dilatan para mejorar el campo visual.
Ignorando que todo esto me iba a ocurrir, entre José Luis, Rodrigo López 'el Hispano' (el referee), Psicodélico (mi verdugo) y yo, convenimos que saliera a defender al árbitro cuando el tercero lo fustigara.
—Cuando esté discutiendo con él me atacas por la espalda y empezamos la pelea. Como no eres profesional no te daré tan duro.
Me sentí frustrado pues la identidad que había preparado no se conocería por la naturaleza de mi intervención. Me llamaba Zucarita en homenaje al perro del Fiscal General de la Nación, Mario Iguarán, un noble french poodle muerto en un trágico accidente canino que supuestamente le generó una profunda crisis emocional a su honorable amo.
Como el árbitro descalificó a Afrodita y Psicodélico por conducta antideportiva, este último empezó a recriminarlo. Según lo acordado, entré corriendo al cuadrilátero y le pegué dos puños en su pecho. Lo que no sabía es que lo pactado iba hasta ahí. Él me sujetó y recibí varias patadas de su compañera en mi estómago que me desplomaron inmediatamente. Ignoro si la adrenalina se exhala por las narices, pero estuve seguro de sentir su vapor atrapado entre mi rostro y la máscara. Acto seguido, Psicodélico trató de quitarme la máscara —la del mítico luchador mexicano Blue Demon—, pero recordé que esa es la peor humillación existente y le advertí que no lo hiciera. Entonces metió sus dedos en mi boca y estiró violentamente las comisuras de mis labios, haciéndome el famoso "anzuelo". Con el sabor de la sangre fresca en mi boca como detonante traté de encuellarlo en vano y me tumbaron otra vez. Se bajaron y como pude me escurrí fuera del ring. Los vi alejarse mientras escuchaba los gritos del público, como si vinieran de otro mundo. Justo ahí sentí que todavía faltaba más, que aún quería más de la lucha libre.
Me paré y corrí detrás de Psicodélico. Cuando lo tuve cerca lo embestí con todo el peso de mis 100 kilos y de un golpe certero lo envié contra los espectadores. Al verlo tendido en el suelo canté victoria. Gran equivocación. Afrodita me tumbó contra las frías baldosas del Evangelista Mora, y pasó lo inesperado: Psicodélico tomó una silla Rimax que había entre el público y la partió en tres pedazos contra mi espalda. Con la ayuda de un voluntario de la Cruz Roja caminé hacia la rampa mientras me di cuenta, con sorpresa, de cómo la multitud gritaba enardecida y varios niños agitaban sus sillas de plástico blanco supuestamente irrompibles. El emocionado narrador pidió un saludo para "el luchador incógnito" y la ovación de la gente hizo que mi piel se erizara.
La trasescena
Cruzando la rampa hacia la intimidad de los vestuarios y con una extraña mezcl
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